El emigrante ‘apaleao’

El cine español durante la década de 1970 estuvo personificado por el actor Alfredo Landa. Fue a principios de ésta cuando rodó una de sus más famosas películas: ‘Vente a Alemania, Pepe’. Con ese título, los protagonistas bien podríamos ser esta generación contemporánea de jóvenes expatriados; pero no, no es la primera vez que los españoles fijamos la vista más allá de los Pirineos anhelando trabajo y esperanza. Hablamos de hijos, padres y abuelos de una misma familia. No es difícil encontrar tres generaciones consecutivas de emigrantes en nuestro país y sin embargo a nosotros nos parece una experiencia totalmente distinta a la de nuestros mayores. Quizás el amargor de las lágrima en cada adiós sea parecido al de entonces, igual que el gozo a nuestra vuelta, cuando volvamos, si es que lo hacemos; pero en general el fenómeno de la emigración en este siglo veintiuno dista mucho de aquel de los años sesenta y setenta. ¿Como han cambiado las cosas? Echemos un vistazo…

El prototipo de emigrante actual tiene un trasfondo universitario y un conocimiento aceptable del idioma, es decir, un perfil opuesto al operario de perfil bajo que exportábamos durante el franquismo cuyos rudimentarios conocimientos lingüísticos se reducían a unas cuantas anotaciones en un diccionario bilingüe de hojas desgastadas. Me atrevo a decir que muchos llevarían el nombre de la ciudad de destino apuntada en un bloc de notas, el mismo en el que escribirían sus andanzas con un lápiz roído. Aquel desgraciado dejaba su familia en casa y marchaba fuera sin ninguna compañía; allí esperaba encontrar a alguien con quien compartir sus historias , a ser posible español. Hoy día lápices y bolígrafos han sido relegados a un segundo plano; nuestra generación comparte sus historias en ciento cuarenta caracteres.

Si, las nuevas tecnologías han edulcorado considerablemente el amargor de la experiencia de antaño. Gracias a internet las distancias han quedado absolutamente ridiculizadas. Nosotros jamás experimentaremos la excitación de una carta con sello y remitente español. Ellos jamás podrían haber imaginado la facilidad de estar en contacto con los tuyos de la forma en que hoy lo hacemos. Los kilómetros que en su momento separaban a tus abuelos no suponen para nosotros más que un par de ‘bips’. Estamos en contacto permanente a través de cientos de redes sociales y sus rostros tan solo quedan a un ‘click’ de distancia. Ambas generaciones nos encontramos en el tiempo a través de una pantalla de lcd: a un lado estoy yo, al otro mi abuelo se ciñe las gafas frente a su nueva tablet expresamente adquirida para hablar con el nieto qué marchó al extranjero como él lo hiciera medio siglo atrás.

Y es precisamente el siglo otra de las grandes diferencias entre ambas generaciones. Internet, el desarrollo de las telecomunicaciones, medios de transporte cada vez más numerosos y veloces… el mundo en el que vivimos está absolutamente determinado por el fenómeno de la globalización. Con sus pros y sus contras, hemos de reconocer que se están generalizando unos estándares culturales a nivel global, especialmente similares en el mundo occidental. Se ha pasado del hermetismo nacionalista que caracterizó la primera mitad del siglo XX a un aperturismo que avanza a pasos de gigante. Esto implica que inmigrantes y nativos encuentren semejanzas culturales y sociales facilitando la inserción e integración de los primeros en el entorno de los segundos; algo que el español expatriado del siglo pasado nunca pudo experimentar.

En este sentido el fenómeno migratorio transpirenaico está salvaguardado por unas instituciones europeas que vienen solidificándose desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Así mientras antiguamente eran españoles, como españoles, los que salían fuera en busca de trabajo, hoy día son españoles, ciudadanos europeos, los que repetimos la misma operación. En 1992 se firmó el Tratado de Maastrich por el cual cualquier ciudadano europeo adquiría el permiso de libre circulación y trabajo en cualquier estado miembro. El mismo tratado del que Reino Unido viene quejándose los últimos años y una de las más importantes reclamaciones que los anti-europeistas británicos han esgrimido para conseguir su ansiado ‘Brexit’. Y con esto quisiera puntualizar que no todo los cambios son irremediablemente positivos, es más, la experiencia del emigrante todavía contiene una buena dosis de crueldad que ni el tiempo ni los avances tecnológicos han podido erradicar.

Personalmente creo que de este episodio migratorio saldrá la generación más preparada que jamás ha producido España; por ver está si volverá. El trasvase cultural que se produce cuando uno se sumerge en el país de destino supone un incremento del valor del individuo en cuestión: más consciente de la pluralidad internacional, con más experiencia laboral y por supuesto con un mejor nivel del idioma. Sin embargo prevalece un componente trágico  en esta historia cuyo origen hemos de encontrarlo en casa. Se trata precisamente la ausencia de alternativas, o si prefieren, una única alternativa entre emigrar o vivir en casa de tus padres dependiendo de sus maltrechos salarios.

Así pues, lo que algunos políticos han calificado de ‘impulso aventurero’ es en realidad una desafortunada diáspora económica que ha expulsado a más de dos millones y medio de españoles de sus casas. Nuestra, ejem, ‘aventura’, tiene sus luces, especialmente al compararla con la de nuestros ancianos, pero evidentemente también tiene sus sombras. Sin futuro en nuestra tierra nos obligan a volar al extranjero en un siglo marcado por la globalización y por una crisis igualmente globalizada. En este contexto resucitan viejos extremismos ideológicos que aprovechan políticos mediocres y sin escrúpulos ávidos de protagonismo como el excéntrico alcalde de Londres Boris Johnson; Nigel Farage, último lider del partido independentista británico (UKIP);  Marine Le Pen, líder de la extrema y anti-europeista derecha francesa; o del mismo Donald Trump, grotesco candidato a la presidencia estadounidense; entre otros.

Este panorama efervescente donde predomina un sentimiento generalizado de incertidumbre político-económica es al que nos vemos obligados a saltar los jóvenes de esta generación. Es así que graduados de todo tipo acabamos realizando trabajos de mierda por sueldos estándares mientras nuestros diplomas acumulan polvo en la repisa. Algo más de suerte nos llevará a un puesto que esté en cierto modo relacionado con aquello que estudiamos y aun así el drama no acaba ahí, pues doblamos el lomo para compañías que nos han pescado a precios irrisorios y que utilizarán nuestros talentos para mejorar su capital y el de sus países, generalmente países del Norte de Europa, mientras la situación de casa y de los nuestros tan apenas varía. Y pese a todo aún debemos aguantar a todos esos políticos que vociferan incongruencias sobre la inmigración y sus ‘apocalípticas consecuencias’ que lo único que hacen es alentar el racismo y la xenofobia…

‘¡Estoy bien abuelo!’ le digo en una de nuestras conversaciones por Skype. Con una sonrisa, como siempre, me dice que siga así, que tire para adelante, que trabaje duro para conseguir un futuro mejor. El emigrante 2.0 se despide del emigrante ‘apaleao’ y después de nuestra charla él vuelve a la soledad de su salón, su sofá y su televisión. Escucha conmovido los titulares que claman todas las desdichas que acechan allá fuera, en el extranjero. Se siente abofeteado por la realidad y una lágrima brota, recorre las arrugas de su rostro. Se pregunta si en realidad el trabajo duro recompensará en alguna forma a su nieto, piensa si acaso el sudor que el derramó en el extranjero sirvió para conseguirle un futuro mejor a los suyos. Rompe a llorar. Lo hace con motivos. Llora por un país que está desperdiciando el talento en el que tanto se ha invertido y llora por que otros lo aprovecharán gratuitamente; llora por los jóvenes que son incapaces de encontrar una oportunidad en su propia tierra y lo hace particularmente por su nieto, pero sobre todo llora por que pese al sacrificio que hubo de hacer en su momento no ha podido evitar que los suyos corran la misma suerte que él hubo de correr. He aquí al emigrante ‘apaleao’ por las vivencias pasadas y el contexto actual que quiere creer, invadido por la nostalgia, que la educación que recibió su nieto, en parte gracias a su sufrimiento, pueda servir más tarde o más temprano para mejorar en modo alguno tremendo desaguisado.

 

 

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