Delirio en el Frente

Europa siempre ha estado en guerra. Desde Roma hasta nuestros días la sangre de los jóvenes a regado los cuatro puntos cardinales del Viejo Continente. A principios del siglo XX la evolución armamentística y las rencillas históricas llevan a la degradación absoluta de la humanidad como especie, la degeneración del concepto humano se vive día a día en cada batalla del frente. 

Es imprescindible mantener un paso seguro y sentirte parte del entorno. En realidad no reflexionas sobre ello, simplemente te mantienes alerta y evitas ser advertido. Así avanzaba, paso a paso, rodillas flexionadas y el fusil firme en mis manos. En ese preciso momento la adrenalina inunda tus sentidos y todo se muestra con una nitidez extraordinaria. Un chasquido próximo me detuvo en seco. Miré a mi compañero y le indiqué la dirección del aquel ruido a lo cual respondió afirmando con la cabeza. Rodilla al suelo, culata al hombro, dispuestos a disparar contenemos la respiración esperando impacientes. La exuberancia de aquella región era un telar de verdes de extraordinaria densidad y solo por un momento pude ver entre la maleza un fugaz movimiento; exhalé y disparé. El alarido que siguió al fogonazo nos excitó sobremanera, corrimos hacia la presa y efectivamente, allí tirado en el suelo yacía nuestro ciervo. La caza era una de mis aficiones favoritas, empuñar un rifle y salir en busca de tu presa me provocaba un subidón de adrenalina que encontraba extremadamente agradable. Dividimos los beneficios y nos despedimos: él marchó hacia Fleury, una villa pequeña y acogedora en mitad de la montaña, y yo descendí hacia Verdún, hermosa capital de una comarca al noreste de Francia regada por un río, el Meuse, y repleta de montañas y bosques.

Caminaba ya cerca del pueblo cuando de pronto tronó un griterío en su interior. Pude ver como un par de vecinos corrían hacia la plaza central y sin saber que ocurría, con el cuerpo en tensión, me decido a seguirlos. Tuerzo un par de calles hacia aquí y allá cuando de repente me topo con un bullicio total, un alboroto inesperado, parecía que todo el pueblo estuviese concentrado allí. Sorprendido por el encuentro con aquel gentío me quedo estupefacto; intento escudriñar la ajetreada multitud. Entonces veo que todos prestan atención a un soldado encaramado en la fuente central que parecía estar leyendo algo para el público allí congregado. Unos celebran, otros se abrazan, pero yo sigo sin entender que está pasando aquí… De pronto alguien me agarra sobre el hombre haciéndome girar.

—¡Hijo!

—¡Padre! ¿Qué está pasando?

Sujetó mi cara entre sus manos y con el rostro iluminado me dio la buena nueva:

—¡Estamos en guerra!

En mil novecientos catorce, semanas después de estallar la Gran Guerra como ya se le conoce, Alemania lanzó una gran ofensiva a través de Bélgica. Se produjo en ambos bandos una movilización brutal, miles de soldados que marchaban al frente, al matadero. Así, lo que se prometió como una pronta victoria se convirtió en una carnicería que no tardó en regar de bermellones y granates aquella idílica tierra de verdes nórdicos. Mientras ambos países enfrentaban su ego en un combate agónico, la población devoraba panfletos y octavillas donde nos relataban grandes victorias de pacotilla premeditadamente tergiversadas. Dibujan un panorama atractivo que embauca a los jóvenes, les insuflan un patriotismo destructivo y ellas, madres orgullosas, despiden a sus pequeños héroes para no volver a verlos. No podía ser de otra forma, yo anhelaba fervientemente un destino similar, inconscientemente un ocaso temprano, pero antes de recibir aquella oportunidad los vecinos de Verdún, como los de otros pueblos fronterizos, nos vimos obligados a abandonar nuestro hogar. Junto al resto, mi familia y yo fuimos trasladados al interior del país y allí con ellos permanecí hasta mil novecientos quince. A finales de aquel año sería llamado a filas y a principios del siguiente terminaría mi adiestramiento, hoy, recientemente incorporado al 156º Regimiento de Infantería marcho de nuevo hacia Verdún con el firme convencimiento de defender mi tierra o perecer en el intento…

Al llegar a las cercanías iniciamos un ascenso hacia las colinas que rodean Verdún: de fondo un rumor atronador pone la banda sonora a un panorama desolador decorado con cráteres, árboles destrozados y camilleros transportando heridos y mutilados. Mientras el suelo tiembla y nuestros corazones con él, seguimos subiendo, subiendo al barro, al frío, al insomnio y al peligro, los rostros del 156º se tensan y la certeza de la muerte me asalta. Aturdido por el mar de pensamientos en el que zozobro llegamos a Fleury, ahora un amasijo de escombros. Está anocheciendo y aún debemos seguir avanzando hacia la Cote de Poivre, una franja de tres kilómetros entre el Meuse y el pueblo de Douaumont destinada a contener el avance alemán. Con la oscuridad cesa el bombardeo y nos envuelve una calma tensa que espesa el silencio hasta hacerlo estridente. Así llegamos a nuestro destino, y con los nervios a flor de piel cavo codo con codo junto a mis compañeros en un intento de fortificar nuestra posición, desplegamos alambre de espino y colocamos las ametralladoras. Una vez concluidos los preparativos quedo agazapado en ese agujero y pese al cansancio me siento incapaz de conciliar el sueño, me mantengo alerta escudriñando la oscuridad, allí en mitad de una noche extremadamente fría aguardamos las primeras luces del alba con la seguridad de que a la mañana siguiente entablaríamos combate. Nuestra posición parecía sólida, nos encontrábamos en la cresta de la hilera de colinas que formaban la Cote de Poivre, pero aun así éramos el único regimiento desplegado y sufríamos bastantes carencias: escaseaba la asistencia médica y no teníamos ningún medio de transporte para evacuar a los heridos, tampoco teléfonos o palomas para una comunicación eficaz y además estábamos cansados, hambrientos y congelados. Durante toda la noche el coronel trató reiteradamente de conseguir la evacuación de aquella posición, pero las órdenes no cambiaron: esperar unas cuantas horas hasta que nuestras tropas en primera línea iniciasen retirada y contener el ataque enemigo que le seguiría. La espera es irritante.

Allí acurrucado en mi foso con un nudo en el estómago amanece un nuevo día. La expectación me va a provocar un infarto, el corazón me va a mil e intento controlarme revisando una y otra vez mi Lebel, el fusil reglamentario, mientras en la lejanía se reanuda el combate. Comprobaba que el cerrojo girase adecuadamente por enésima vez cuando el fragor empieza a crecer más y más. La respiración se acelera involuntariamente y los ojos se dilatan en un intento inútil de escudriñar el futuro, los nervios me destrozan y tiemblo incontenidamente. La expectación se puede sentir en cada hombre del 156º, del más veterano al novato. Entonces empiezan a surgir de los bosques próximos toda suerte de criaturas, soldados más bestias que hombres cubiertos de barro hasta el paladar con los uniformes impregnados en sangre que corren despavoridos; la primera línea se derrumba frente a nosotros. El murmullo de la batalla que sentíamos a lo lejos se instala súbitamente a nuestro alrededor, los gritos desesperados de nuestras tropas en retirada, los impactos de la artillería a escasos metros y la voz firme del coronel que nos exhorta a mantener nuestras posiciones. Agarro fuerte mi fusil y con el pecho en el suelo aguardo impaciente, ya queda poco y pese a todo me siento preparado. Entonces, entre aquel alboroto se siente el pitido de los silbados enemigos.

Así sin más te encuentras a ti mismo parapetado en un foso mientras cuanto abarca tu visión se ha convertido en una marea humana que amenaza con destrozarte. La muerte recorre el campo de batalla segando vidas aquí y allá pero yo permanezco inmóvil, meses de adiestramiento bloqueados y la determinación del héroe evaporada en un mar de balas. El regimiento entero está escupiendo plomo y el enemigo lo recibe con gusto, caen unos y otros pero siguen avanzando, qué despropósito. Nuestras ametralladoras hacen bien su trabajo pero son muchos los que nos están asaltando y yo sigo petrificado, alienado por la crueldad imprevista de los cuentos ilusorios que relataban aquellas octavillas, la realidad rezuma una crudeza espeluznante. Me viene una arcada y vomito, me limpio con la manga del uniforme. Entonces un compañero cae abatido a mis pies, la bala le ha desgarrado el brazo izquierdo desde la muñeca al codo y él se retuerce de dolor. Apremiado por la situación lo agarro fuerte para sentarlo contra la trinchera, intento recolocar los fragmentos del brazo en torno al hueso y mientras se desgañita de dolor le lío un trozo de tela para sujetar aquel estropicio y contener la hemorragia. No fue por mi compañero herido ni tampoco por los que yacían muertos a mi alrededor, fue una fuerza instintiva la que me indujo a disparar: eran ellos o era yo. Un fuego me atiza por dentro, tenso la mandíbula y llevo la culata al hombro, apunto y disparo. Recargo, apunto y disparo…

Durante horas repites mecánicamente el mismo proceso, hasta que la matanza tiñe de rojo holocausto la poca nieve que resta de la noche anterior y el hombro queda entumecido por el retroceso del arma. Es entonces cuando te das cuenta que el sol raya el horizonte y que el enemigo se bate en retirada; victoria. ¿Debería sentirme feliz? Supongo, no lo sé. Han caído muchos compañeros pero hemos conseguido detener la ofensiva alemana, diría que yacen varios regimientos suyos a los pies del collado y esto debería ser motivo suficiente de alegría, creo, pero por otro lado… por otro lado no me reconozco en mí, siento un dolor acalambrado en todo el cuerpo, el hambre me devora y me muero de sed, pues hace horas que se acabaron los suministros, esto es un suplicio. Al amparo de la oscuridad atendemos a nuestros heridos y evacuamos a los fallecidos, recibimos unas latas de conserva y rellenan nuestras cantimploras. Aquella noche glacial pasa, como la anterior, entre palada y palada; ahondamos más en la trinchera, sabemos que esta zanja es nuestra única garantía frente a las balas y los proyectiles.

La mañana del veintisiete se respiraba en el regimiento cierto positivismo. El día anterior habíamos hecho un buen trabajo y después de dos noches de excavación las trincheras gozaban de un aspecto inmejorable; la pesadilla que se iba a desatar truncaría nuestras expectativas. Los más veteranos del regimiento contaban historias de la artillería alemana, de los destrozos que habían ocasionado en Bélgica. Contaban que habían destruido pueblos enteros en minutos y que los fuertes más sólidos se derrumbaban incapaces de sostener un ataque de tal calibre. Lo cierto es que durante el día anterior habíamos estado soportando fuego pesado, pero las trincheras cumplieron y salvo un impacto directo que acabó con cinco chavales no había que lamentar bajas por el bombardeo, de modo que no sentíamos especial temor por la artillería como podía sentirse por la bayoneta del enemigo o por los gases venenosos.

Era temprano, todavía no calentaba el sol lo suficiente cuando un petardeo en la distancia nos alertó; escasos segundos después empezaron a impactar cientos de proyectiles a nuestro alrededor. Acongojado por el estrépito me olvido del fusil y me hago un ovillo en un rincón de la zanja mientras sujeto fuerte el casco con ambas manos.  El suelo tiembla de una forma indescriptible, la tierra vuela de aquí para allá, la estridencia es espeluznante, extrañamente indescriptible. Si, parece como si el mismo averno se hubiese abierto sobre nuestras cabezas con el firme propósito de masacrarnos. Mi cabeza absorbe cada impacto, es abrumador y tan solo pienso en mi propia muerte, de hecho llega un punto, cuando el bombardeo se extiende durante horas, impacto tras impacto tras impacto, que no distingues si eres ya víctima de las explosiones o tan solo de la demencia surrealista que allí se ha desatado. Poco a poco las trincheras se convierten en fosas amorfas, la zanja se desmorona bajo el incesante chaparrón y acabo sepultado. No cesa, me siento agotado, siento el alma resquebrajarse en mi interior como el suelo que se fractura por las toneladas de explosivos que están lanzando sobre nosotros sin cesar. El último impacto lo siento peligrosamente cerca, más tierra cae sobre mí y allí enterrado pierdo finalmente la esperanza de escapar vivo de aquella maldita guerra, el miedo me abandona y acepto mi propia muerte.

Entonces, tal y como empezó, de pronto, el aluvión de bombas termina de sacudirnos y todo entra en calma. Yo permanezco en la trinchera, sepultado y acurrucado en la misma posición desde hace ya horas y tan solo el zumbido que siento en mis oídos da fe del delirio que hemos atravesado. Permanezco allí y solamente la urgente necesidad de respirar me obliga a moverme, así que poco a poco empiezo a exhumar mi cuerpo, poco a poco hasta que un fogonazo de luz me ciega. Me llevo las manos a la cara y me froto fuerte los ojos mientras salgo de aquella tumba, al recuperar la vista se me revuelven las entrañas. Se extiende ante mí un yermo de colinas deformadas repletas de cráteres, troncos destrozados y cuerpos descuartizados. Los heridos aúllan y aunque no escucho sus quejidos por la inflamación de los oídos siento su dolor, se puede notar el sentimiento de desgarro en sus rostros dislocados. Somos muchos los que brotamos de la tierra, pero intuyo que son muchos más los que quedan ahí para abonarla.

Qué puñetero dolor de cabeza, todo me da vueltas y los oídos me van a estallar. Abro la boca intentando deshacerme de esa sensación pero sigue ahí, así que me agacho en cuclillas para contrarrestar el mareo y lo único que consigo es una arcada que a duras penas contengo en la garganta. Resoplo, una y otra vez, francamente no se como aún no me he desplomado. Me llevo la mano a la frente y un repentino escozor en el brazo izquierdo me asalta, está sangrando, mierda. Me sorprende ver cómo los supervivientes del 156º se lanza contra el suelo, uno de ellos me hace señales airadas con la mano. No entiendo nada. Vuelvo a mirar la zona herida y me percato de que hay un agujero en el uniforme, un agujero de bala, y otra que impacta a escasos centímetros de mi pie haciendo saltar la tierra. Sobresaltado miro hacia el frente y comprendo entonces las señales de mi compañero.

Me dejo caer hacia atrás, hacia un cráter próximo donde está otro colega. Tiene el cuello cubierto de sangre, debe haber sido herido y sin embargo está con el fusil en ristre disparando y recargando. El pitido me sigue atormentando pero hay otras cuestiones que requieren atención inminente. Quiero echar mano al rifle pero quedó enterrado en la otra fosa, no consigo arrancarme ese desasosiego agarrado al pecho y un vistazo rápido colina abajo no consigue mejorarlo. Siguen avanzando, un tropel de alemanes que corre hacia nosotros, alguno de aquellos desgraciados debió dispararme a lo lejos cuando estaba en cuclillas y ahora han llegado ya a los pies de nuestra loma. Miro a un lado y a otro de aquel cráter infesto pero no hay nada que utilizar más que piedras. Mi compañero sigue afanado, pero un balazo le impacta en el casco, le atraviesa el cráneo y me llena de sangre y grasa, no puedo evitar otra arcada y acabo vomitando sobre su cuerpo inerte. Ya tengo fusil. Apunto hacia los alemanes que están frente a nosotros allá abajo. Sin ningún tipo de protección corren frente a un muro de balas mientras nosotros, agazapados, intentamos aprovechar el poco amparo que ofrece la tierra, pero igualmente sufrimos por los disparos y las granadas que nos alcanzan. Ambos padecemos el mismo miedo y ambos somos empujados por un mismo sentimiento de supervivencia, ese instinto primitivo del “tu o yo” latente en cada hombre que aflora en situaciones como esta. Ligeramente repuesto del malestar que me asolaba —estoy seguro que la adrenalina tiene mucho que ver —disparo y disparo mientras ellos responden y siguen avanzando. Conseguirán alcanzar la alambrada de espino pero aquella malla mortal rasgará sus vestiduras y los atrapará mientras nosotros seguimos acosándolos con fuego; más y más compañeros se suman a la defensa.

El resto del día estuvimos intentando repeler la ofensiva enemiga hasta que al atardecer lo conseguimos. Empezó a caer entonces un intenso aguacero que convirtió el campo de batalla en un lodazal tremendo. La comarca entera de Verdún se transformó en una ciénaga repleta de cadáveres insepultos, tantos que en forma alguna podíamos darle cristiano enterramiento. Por suerte para mí, la herida del brazo era un simple rasguño y el dolor de oído remitía, pero estaba empapado y el frío era penetrante, temblaba incontenidamente, las condiciones en las que vivimos son inhumanas. Los cráteres se han convertido en osarios de cuerpos mutilados cubiertos de una mezcla putrefacta de sangre, podredumbre y fango y la disentería se ha extendido entre las tropas. Sin ningún otro sitio para evacuar nos aliviamos en la misma fosa donde vivimos. La tierra rezuma un olor nauseabundo, es impresionante el nivel de degradación que puede soportar el ser humano y yo me pregunto qué mierda hacemos en realidad en este puto infierno.

Esta situación se prolonga durante días, una semana ya, sobrevivimos a duras penas. Los restos de humanidad que conservas se disuelven entre proyectiles e inmundicia, más animales que hombres, más bestias que animales guiados por una intuición que poco o nada puede hacer frente al azar que determina tu vida en esas circunstancias. Cada uno intenta soportarlo como buenamente puede, finalmente terminas por convertir en rutina el hambre y el frío, la tensión del combate, el estruendo de los bombardeos y el lodo que te rodea, incluso te acostumbras a vivir con la muerte como fiel compañera, pues cada día va a segar la vida de este o aquel, de un conocido o un amigo, de un compañero o de un enemigo, así es la vida en el frente. Además sufro fuertes dolores de cabeza que me acompañan desde hace ya varios días, días que pasan y pasan hasta que el pesimismo te invade, te preguntas ¿qué importa si la línea cede o se mantiene? Tan solo pienso que no hay forma de escapar de esta ratonera, la angustia se hace más pesada cada jornada que pasa y me oprime el pecho sobremanera. Aun así prevalece la obligación de matar o ser matado.

Nuestra pesadilla en Verdún duró una quincena, no podía creer que hubiese escapado vivo después de todo. Había sido herido en dos ocasiones, aquel rasguño en el brazo y un tiro en el muslo. En cualquier caso las heridas físicas terminan por sanar y salvo extrema gravedad las secuelas son mínimas, sin embargo es en tu interior donde florece el fruto amargo de la guerra. Las duras condiciones a las que nos sometían me produjeron un trastorno del sueño brutal, dolores de cabeza crónicos y en momentos de máximo estrés llegué a padecer alucinaciones con las que tuve que aprender a convivir. Durante los dos años siguientes intercalábamos períodos de combate con momentos de descanso en retaguardia. Entre descanso y descanso el 156º peleó en Francia, Bélgica y Alemania; Europa repleta de páramos desolados por la mano del hombre; ratas peleando por migajas en el barro y el cieno… Y pese a todo tuve la suerte que otros muchos no tuvieron. Recuerdo en 1919 los hospitales saturados de militares y las calles de toda Francia repletas de cojos, mancos, inválidos, otros con el rostro desfigurado, mutilados todos. También podía verse el efecto de los gases, pues eran muchos los que a causa de aquellos habían quedado sordos, mudos y ciegos, y ni hablar de aquellos otros que terminaron trastornados, horrorizados por la atrocidades sufridas, cuerpos sin alma vacíos de contenido para siempre. Ese fue el dudoso legado que dejó la Gran Guerra por toda Europa: medallas en el hombro para los que aún lo conservaban, pocos vencedores y millones de vencidos.

 

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