Tierramadre, esa vieja olvidada.

Los humanos, la gran obra de la naturaleza, la creación contra su creadora.

Vivimos en colmenas verticales que rozan el cielo y desde allí arriba, alejados de nuestras raíces, observamos la jungla de hormigón y cemento que se prolonga bajo nuestros pies. En este ecosistema privado el gorjeo de los pájaros ha sido sustituido por el rugir de los motores, el murmullo del agua por el bullicio de la gente. Se trata de un hábitat artificial paralelo al otro natural, a ese que siempre estuvo ahí y que ahora está fuera, fuera de nuestras ciudades, de nuestro mundo.

Hubo un tiempo en el que el progreso se escribía con mayúsculas y todo era por y para él sin importar nada en absoluto. La ciudad se ha convertido en un icono de este afán evolutivo; en realidad en un símbolo de la evolución humana en sí misma. En definitiva el éxito de la ciudad reside en la capacidad para cubrir las necesidades del ser humano, no solo las más básicas, sino también las más complejas, y sobre todo garantizar un mínimo de seguridad —paradójicamente nos sentimos más seguros bajo una boina de contaminación que rodeados de árboles—.

Afortunadamente las doctrinas ecologistas están sembrando conciencia entre nosotros y cada vez se actúa más consecuentemente, pero se ha andado mucho y los signos de nuestro avance frente a la naturaleza son más que evidentes. Si se observa con la suficiente perspectiva podremos ver como lo que antes eran islas urbanas en un mar de verdes, ahora ha tornado a islas boscosas en océanos de urbanidad. Grandes ciudades como Londres, Nueva York, Berlín o París han crecido desmesuradamente, de modo que han tenido que preservar algunas áreas para que sus habitantes tengan la oportunidad de conocer lo que son los árboles y demás elementos de la vida natural, pues de otro modo tan solo podrían verlo en la caja tonta.

En España, me perdonen Madrid y Barcelona, carecemos de estas megalópolis, de estos gigantes urbanos, pero si hemos sufrido muchos años de explotación urbanística descontrolada. El sol que disfrutamos allí tiene relación con todo esto, pues la carencia de lluvias provoca que la naturaleza sea mucho más débil que en otras zonas más húmedas. Así, lo que predomina allí es el sotobosque de matorral y secano, especialmente en el litoral mediterráneo y es precisamente en esta franja donde la urbanización alocada fue más fuerte. Desde Cataluña pasando por Valencia y Murcia hasta Andalucía el hombre, el hombre español, ha devorado hectáreas enteras en una dinámica que ha traído tanta gloria como miseria: edificar y vender.

Antaño la península rebosaba de árboles, poseía una riqueza natural incalculable, pero siglos de explotación la han debilitado y hoy día se asemeja a lo que es una gran ciudad: reductos diminutos de naturaleza —que podremos encontrar en el norte y en torno a alguna que otra sierra—. Para alguien cuya movilidad dentro de la Península ha ido precisamente por esa periferia desmejorada, por todo el litoral mediterráneo, imaginar un mundo de verdes coloridos como el que se encuentra más allá de tu frontera es inimaginable; la sorpresa cuando llegué a Inglaterra fue mayúscula.

Parece una obviedad hablar sobre la fuerza de la naturaleza en estos lares. Pero jamás será comparable la percepción que se tiene desde el sofá de casa viendo la tele, donde únicamente la vista, y si acaso el oído, reciben información, en comparación con el Full HD de vivos colores que percibes en mitad de la naturaleza, envuelto por un home cinema de calidad suprema donde hasta el aleteo de una mosca llega al tímpano y donde incluso sientes el calor, la humedad, el frío o el viento que sopla a través de las miles de hojas de los muchos árboles que te rodean. Sencillamente espectacular.

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