Destino: Inglaterra

Inglaterra. No es más que otro modo cualquiera de empezar a escribir. No es más que otra forma de iniciar una nueva etapa. Jamás hubiese adivinado la forma en que los acontecimientos me han traído a esta isla. Habituado a planes y planes de futuro es increíble como mi llegada aquí nunca fue concebida. Hoy echo la vista atrás y veo como todo se desencadenó hace cuatro años, cuando aún estaba en la universidad…

Allá por 2011 empecé a conocer los secretos más seductores de la vida universitaria. Esa imagen del universitario juerguista y cachondo fue apoderándose de mí dando al traste con esa otra versión de estudiante aplicado que había demostrado durante mi primer año. Fue por aquel entonces cuando mis pasos empezaron a traerme hacia Reino Unido, y yo sin saberlo…

Siempre supe que historia carecía de las salidas laborales de las que gozaban otras carreras, pero siempre pensé que si conseguía un buen expediente académico las oportunidades no me faltarían. Las notas ese segundo año de carrera no fueron malas, en absoluto, pero no alcanzaron la excelencia del primero y no era sino un síntoma de la tempestad que estaba por desencadenarse.

Ocurrió durante aquel segundo año que salvé los muebles en Julio, durante los exámenes finales. Así pues, confiado por la forma en que se resolvió la situación el año anterior, mi tercer curso empecé con total tranquilidad. Tan relajado empecé que ni tan siquiera atendí a clases. Mi día a día transcurrió rodeado de botellas y humo, y mi juicio turbado por la neblina que me rodeaba fue inconsciente de los nulos resultados que me auguraba Julio. Efectivamente, los dioses me tenían reservado un castigo digno de una tragedia griega.

De nueve asignaturas en las que me matriculé suspendí la friolera de nueve asignaturas. Que gracia. La tragicomedia en la que me vi envuelto tomó un cariz sádico cuando supe que justo aquel año el gobierno había decidido establecer un baremo para todos aquellos que optasen a beca, beca que yo tanto necesitaba para continuar mis estudios. De modo que a principios de aquel verano supe que si quería continuar mis estudios tendría que aprobar siete de aquellas nueve.

Imbuido por los ideales de esos héroes presentes en los libros que habría de estudiar y memorizar decidí enfrentarme a la quimera en que se había convertido el sueño de conseguir aquel objetivo. Y así pasé aquel verano, rodeado de libros y apuntes. Y septiembre llegó, y con él el día de mi cumpleaños; los dioses debían estar gozando en el Olimpo con mi historia, pues no solo empleé el verano en aquello debería emplearse el curso, si no que el mismo día de mis efemérides me vi obligado a asistir a un examen, y revisar el del día siguiente. Pero septiembre pasó y con él el estrés de todo un curso concentrado en tres meses. Las notas llegaron y los dioses no podían contener las lágrimas, reían al verme aliviado por los resultados: nueve de nueve aprobadas.

Reían y reían pues habían consultado con las Moiras, señoras guardianes de nuestros destinos, sobre mi futuro. Mientras tanto, decidí que necesitaba un descanso después de tamaña gesta. Me veía a mi mismo como al mismísimo Hércules, triunfante y exhausto después de completar sus 12 tareas; en mi caso fueron nueve y no incluían matar a ninguna bestia pero… En cualquier caso, el descanso, merecido, se prolongó hasta el siguiente Julio, y una vez más ocurrió que debí enfrentarme a la quimera un año más. Fue entonces cuando entendí que yo no era la encarnación de Hércules si no de Prometeo, condenado desgraciado a quien un águila le devoraba el hígado cada día, pues durante la noche se le regeneraba.

Pude comprender la realidad de mi personaje cuando experimenté el dolor observando la montaña de libros que una vez más se apilaba en mi escritorio. Era efectivamente una broma macabra pues en aquella ocasión eran once las asignaturas pendientes, y once las que debía aprobar, pues una nueva reforma legislativa obligaba a superar el cien por cien de las asignaturas matriculadas para conseguir beca. Día a día, cada mañana sentía mi hígado devorado, la montaña de libros seguía en mi escritorio y yo debía enfrentarme a ellos; día tras día.

El verano pasó, septiembre llegó, y con él mi cumpleaños una vez más trastornado por los exámenes. Una vez más alcancé lo inesperado y superé la prueba que los dioses me reservaban. Apuesto a que más de uno no reía tanto este año como lo hizo el anterior, pero sin embargo todavía guardaban un As bajo la manga. Yo era consciente del rol que representaba y aquel año intenté con ahínco desprenderme de mi destino. Pero ni Edipo se libra de asesinar a su padre ni Paris de desencadenar la destrucción de Troya, aquellos que contamos con un destino escrito con sangre jamás podremos librarnos de él; y en este caso era mi sangre la que debía correr.

Aquella furiosa bestia me sobrevoló durante mi último curso de carrera esperando su momento. Y como los años anteriores llegó, llegó en el mes de Julio una vez más. Y una vez más me vi frente a la titánica tarea de salvar un año académico en los meses estivales. Y una vez más, bajo la atenta mirada de los dioses, fui capaz de solventar la situación y aprobar las asignaturas. Todas menos una…

¿Qué significaba esa asignatura? En primer lugar he de decir que la excelencia académica la tiré por la borda a mitad de la carrera y con ella las salidas laborales. Sin embargo aún tenía una salida, matriculándome en el máster oportuno podría garantizarme las oportunidades que jamás lo haría la carrera. Sin embargo puesto que tenía que repetir esa asignatura en el mes de Noviembre las matriculaciones para los másteres habían pasado y tendría que esperar todo un año si quería retomar mis planes de futuro.

En sangre se escribió aquella tragicomedia y con sangre se solucionó. Copas con sabor a victoria corrían por el Olimpo mientras las Moiras terminaban de tejer mi sentencia. Abatido y sin un plan concreto para los meses siguientes, decidí liarme la manta a la cabeza y afrontar lo que me depara el futuro, una maleta y un billete, destino: Inglaterra.

 

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