Los señores del Fuego

El cambio climático nos hace plantearnos nuestro papel como agente protagonista en este planeta. Hoy día habitamos un mundo dual: la humanidad vive en un entorno artificial creado por y para nosotros mientras la naturaleza aguanta como puede el envite de nuestra especie. La creación se revela una vez más contra su creador. 

Todo era verde y azul. ¿De qué otra forma podría ser? Océanos coloreados de turquesas al amanecer; cobaltos y zafiros bañados de luz resplandecen chispeantes al medio día; ya al anochecer el añil se difumina entre tonos violáceos y rojizos al despojarse de un astro que se oculta silenciosamente al horizonte. ¿Y qué de la bajamar, cuando el fondo se vislumbra a través de un agua inmaculada? En tierra, asemejándose al agua embravecida se extiende un oleaje interminable de árboles, arbustos y hierbas puntilladas por frutos y flores de mil olores y mil colores y otros tantos sabores. Así era, espesos mares de verdes radiantes rodeados por una inmensidad azulina de intensas tonalidades, todos acariciados por una estrella brillante y un cielo espléndido.

Gracias a la armónica convivencia entre ambas tonalidades se consolidó un entorno excepcionalmente prolífico. Poco a poco fueron apareciendo criaturas de muy distinta condición, e hicieron de cada entorno cromático su hábitat natural. Había los que preferían los azules profundos del océano, otros que convivían perfectamente con los miles de verdes que gobernaban la tierra, e incluso estaban los que, engalanados con plumajes maravillosos, se aventuraban en el fantástico celeste. Una inmensa cantidad de animalillos se multiplicaron en muy poco tiempo y sin embargo no costó nada incorporarlos a la sinfonía natural de la vida.

Se convirtió pues en cotidiano las idas y venidas, los correteos entre los arbustos, los cortejos pretenciosos o las disputas por alimento, las travesías a nado, gruñidos, manadas a la carrera y nidos en el follaje. Es decir, todo un ecosistema animal se había implementado a la perfección en aquel mundo de verdes y azules. Lo asombroso es que cada vez aumentaba más la complejidad del sistema sin por ello disminuir la extrema precisión que lo caracterizaba. Cada elemento tiene parte de protagonismo en aquella gran función y conjuntamente mantienen un equilibrio extraordinario. Es en realidad una hipnótica danza de vida y muerte que roza la perfección, un entresijo de voluntades que rezumaba belleza.

Todo estaba tan relativamente ordenado que no pasó inadvertido lo que ocurrió aquella noche en mitad de una tormenta eléctrica. Los que tenían patas emprendían a la carrera, los que tenían alas escapaban al resguardo de la lejanía. Una columna de humo grisáceo anunciaba una lucha entre el rojo fuego y el mar de verdes. Mientras el segundo iba perdiendo terreno frente al calor crepitante del primero, mientras todas las criaturas que tenían oportunidad huían despavoridos, hubo una que apareció de improvisto. Y allí, estática, impasible ante el espectáculo que allí se ofrecía, parecía escudriñar el futuro en las llamas. Se podía ver chispa en sus ojos; complicado decir si aquel fuego era sólo un reflejo de las llamaradas que devoraban su entorno o por el contrario era la expresión de su fuero interno, ardiente y atrevido. De imprevisto empezó a moverse hacia el centro de aquel infierno del cual saldría segundos después victorioso: portaba una rama ardiente con la cual se perdió entre la maleza.

 

Aquel episodio fue seguido por cuevas iluminadas y olores suculentos de carnes a la brasa y verduras chamuscadas. Fue sorprendente cómo consiguieron dominar una de las fuerzas más temperamentales de la naturaleza, y en cierto modo la inestable personalidad del fuego parecía casar perfectamente con la naturaleza atrevida de su nuevo amo. Se forjó un matrimonio indisoluble que habría de durar edades, un matrimonio desigual que encumbró a los amos del fuego a la cima de la pirámide alimenticia. En realidad jamás rechazaron alimentarse de las más terribles criaturas de cuantas poblaban bosques, ríos o mares, pero la posesión de aquella herramienta generó un ardor entusiasta que les haría pelear, y les haría vencer, para así convertirse en señores indiscutibles del reino animal.

Durante mucho tiempo aquellos habían desarrollado todo tipo de utensilios para garantizarse la permanencia en un entorno hostil. El fuego supuso la garantía definitiva para tal fin de modo que entonces la lucha encarnizada por una continua supervivencia tornóse en rutinas diarias para la mera subsistencia. Estábamos habituados a que cada especie hiciese uso de su entorno en su propio beneficio, si, bien recolectando ramitas para fabricar nidos en las alturas, horadando el suelo para conseguir seguras madrigueras, bien escarbando entre los arbustos para obtener ricos nutrientes o rasgando las zarpas en troncos de toda clase para mantenerlas afiladas; pero jamás vimos venir una transformación de la naturaleza tan brutal como la que se estaba gestando en la mente de los Señores del Fuego.

¿Como podría haberse previsto una alteración como la que habría de acontecer cuando todo marchaba al compás de aquella armónica sinfonía? Efectivamente parecía impensable que algún ser tuviese la osadía de imponerse al sistema, pero todavía teníamos mucho que aprender de aquella criatura. Los éxitos cosechados por los Señores del Fuego tan solo servían para aumentar un ego insaciable. Así, alienados por el afán del progreso, decidieron abandonar las entrañas cavernosas que otrora habían ocupado. Ahora seguían el dictado de su apetencia y levantaban sus moradas artificiales aquí o allá. Lo siguiente fue despreciar los alimentos aleatoriamente ofrecidos por su creadora; ya no les eran suficientes, ahora habrían de criar a las especies que consiguieron someter y cultivar a los vegetales que pudieron controlar. No contentos con esto decidieron también reducir su dependencia natural del agua excavando profundas oquedades de las que extraer tanta como así precisasen.

Definitivamente habían conseguido satisfacer por cuenta propia las necesidades elementales que antaño les ofrecía gustosamente la Madre Naturaleza. Gobernaban su propio destino, pero, ¿quién controlaba sus ambiciones? Cuando consiguieron la comodidad de una atmósfera artificialmente aclimatada se fijaron en los excedentes de sus vecinos. Cual fuego ardía en sus entrañas la avaricia, un corazón corrupto por la codicia de ver lo que otros tienen y ellos entonces desean. Tempestades gestadas en sus mentes retorcidas se desataban sobre sus vecinos más próximos y viceversa. Los más disparatados pretextos se esgrimían para alentar necias convicciones y así, enaltecidos por la usura justificaban la sangre de sus iguales. Engalanados con metales y esgrimiendo armas de todo tipo empezaron a enfrentarse entre ellos por siglos. Empezaron a fabricar formidables fortalezas, de papel, que fueron destruidas por formidables inventos; se forjaron reinos pasajeros, fugaces imperios surgieron para luego hundirse.

Todo aquel que conocía el instinto destructivo de los Señores del Fuego evitaban cualquier encontronazo con ellos seguros del riesgo que corrían. Ellos habían configurado un ecosistema propio, fulgurante como el de aquella noche tormentosa. Se consolidó una desagradable fractura entre lo que había sido y lo que pretendían ser. Así fue como estos Señores del Fuego dividieron el mundo: eran como pequeñas gotas de aceite en una olla repleta de agua donde cocinan cualquiera de sus presas; pequeñas poblaciones que entonces salpicaban aquí y allá el inmenso globo que aún tenían por conquistar.

Ciertamente consiguieron atemorizar a la misma naturaleza, pero sería injusto negarles la posesión de uno de los instintos más poderosos jamás vistos. En este sentido la separación de ambos mundos no fue nunca completa. Los señores del fuego habían poblado cada rincón del planeta para desarrollar múltiples formas de vida y así de relación con su entorno. En las gigantescas planicies del septentrión construían sus moradas en hielo. Las arenas abrasadoras bajo sus pies no impedían la trayectoria de largas caravanas.  Entornos de una humedad aplastante ofrecían para ellos oportunidades de alimentarse y así aceptaron la vida en la selva. Incluso hubo los que hicieron de aquellos azules cambiantes su morada, del mar su modo de vida. En aquellos remotos parajes, naturaleza y Señores del Fuego aprendieron a convivir en perfecta armonía.

Existía pues en su interior una dualidad que conjugaba luces y sombras. De un lado poseían la capacidad de amar la belleza como de aceptar la fealdad, de favorecer al necesitado y sufrir las desgracias, de tomar lo que necesitasen y devolver lo restante. Por el contrario podían tomar al precio que fuera lo que entonces anhelaran, eran capaces de arruinar el esplendor de la vida sin tan siquiera parpadear, acometían contra la naturaleza sin compasión y hacían imposible la existencia de sus iguales. Unir estos aspectos tan contradictorios y pretender al mismo tiempo la armonía en el seno interior de esa criatura es cuanto menos utópico, pero ¿acaso se puede negar la atracción inherente a esa espiral bipolar que rige sus destinos?

Las edades se sucedieron y los cambios también. Había grupos que conservaban la comunión con la naturaleza, hubo otros que no. Surgieron monstruosas aglomeraciones de aquellos Señores del Fuego que agolpados en muros de ladrillo vivían su día a día bajo una inmensa humareda que habría de ocultar al Gran Astro. Haciendo gala de su naturaleza ígnea construyeron enormes “templos” donde el fuego era el elemento central. Allí producían todo tipo de artefactos y de sus gigantescas chimeneas escupían pestilentes grises y negros bajo los cuales vivían. La polución no tardó en sobrepasar sus propias fronteras para extenderse a su vecina la naturaleza.

Los Señores del Fuego alcanzaron cotas de desarrollo inimaginables. Habían llegado un punto en que las necesidades básicas estaban sobrecubiertas. Ahora se había impuesto un lema: el progreso por el progreso. Esto les llevó a incentivar la creación de nuevas y artificiales necesidades banales para que ese progreso pudiese continuar su desarrollo. Estas vertiginosas transformaciones fueron desarrolladas por las mentes más prodigiosas de entre los Señores del Fuego, y de entre tanto prodigio surgieron retorcidas invenciones… La conquista del mundo se consumó gracias a todos estos artificios y con ellos se extendieron los grises y negros que expulsaban desde aquellas enormes chimeneas.

El progreso continuaba y la proliferación de aquellas criaturas sólo trajo el perjuicio para el resto. Generaciones voraces consumían y daban lugar a nuevas y más numerosas generaciones que consumían y repetían una y otra vez. Los millares de verdes repletos de criaturas son tiznados ahora por un viento que trae sólo grises. Las raíces pútridas por aguas contaminadas son incapaces de actuar frente a semejante infección… Se filtra hacia los riachuelos desde donde portan esa esencia fatal hacia las profundidades más azules. Todo queda matizado por un perpetuo gris en el cual la fauna empieza a decaer junto con su entorno. Todo era verde y azul… Estos seres han sido superados por su ambición, por sus expectativas desmedidas. Han sucumbido al progreso. Paradójicamente, la contaminación total de ese planeta sumido en una amplia gama de grises ha provocado el reencuentro de su mundo artificial con el otro natural, ahora unidos ambos por un cielo oscurecido, la contaminación y un camino a la deriva… ¿Se ha perdido toda esperanza?

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